La opinón del rector

¿Indoctrinar o educar en valores?

23-11-2006 11:04

Luis Ugalde

    Todo educador sabe que formar en valores no es indoctrinar partidistamente. La primera que forma los afectos humanos es la familia. Ahí aprendemos a querer a los otros, a no agredirlos, a descubrir que somos "yo" dentro de un "nosotros" solidario y afectivo; aprendemos a que nos duela el mal hecho a los otros. Es la primera base humana de la República. También la familia y la escuela amplían nuestras solidaridades más allá de nuestros hermanos de sangre hacia todos los compatriotas y el ancho mundo humano. Aprendemos que nos importan los niños que pasan hambre en África, las personas que mueren en los bombardeos en países que no conocemos o las víctimas del sida. De una u otra manera aprendemos el "no matarás" y "ama al prójimo como a ti mismo". La educación en valores es pues contraria a una ideología política que se impone por indoctrinación al estilo de Hitler, de Stalin y de la "revolución cultural" china. Es criminal adoctrinar con un fundamentalismo fanático que divide a la humanidad en amigos y enemigos, en buenos (los del partido) y malos los otros, que, por consiguiente, deben ser destruidos.

    El adoctrinamiento ideológico de este tipo nos hace seguidores ciegos de la "causa" y lleva a rechazar a maestros, compañeros de escuela y vecinos que no comulgan con nuestro partido. En Yugoslavia convivieron durante décadas los que eran de diversa religión y etnia, hasta que se impuso el adoctrinamiento político y se mataron los vecinos con impensable crueldad. La guerra civil española nos enseñó cuánto cuesta el odio y salir de él.

    Es fácil sembrarlo, y muy difícil recogerlo y aprender que la realización propia pasa por el bien de los demás, aunque sean adversarios políticos.

    Nuestra Constitución señala con claridad cuáles son los valores fundamentales que todo educador debe inculcar.

    El individualismo no lo inventó el capitalismo, aunque su reflejo cultural exacerba hoy el individualismo posesivo y el utilitarismo hasta extremos que minan valores básicos de la solidaridad y propician más el aprecio de un par de zapatos de marca que la dignidad de las personas.

    Toda sociedad normal es plural y la uniformidad es una aberración contra natura.

    Venezuela es más plural que otras. Pretender una uniformidad impuesta es enseñarnos a negar la dignidad y aprecio de los que son distintos en religión, edad, partido, color, país de origen... Pero en el corazón humano siempre queda combustible para que los pirómanos enciendan hogueras de fanatismo fundamentalista, con el odio y la exclusión descontrolados. Una cosa es enseñar los valores humanos y los valores de la Constitución orientando la libertad humana hacia el bien y la fraternidad, y otra muy distinta es imponer en la escuela la visión exclusiva del partido en el poder y dividir el país (y el mundo) en amigos y enemigos.

    Naturalmente para la tarea de adoctrinamiento se requieren maestros y maestras fanatizados y serviles al partido, u obligados, porque si no pierden el trabajo. Lo que significa que por lo menos 3 de cada 4 educadores venezolanos deberían ser excluidos. Estamos hablando de unos 300.000 educadores, que afortunadamente no son aptos para "adoctrinar" y sembrar el odio contra los que no son del partido o del "proceso". Basta abrir los ojos a la historia del último siglo para ver como este fanatismo destruye países enteros.

    Venezuela fue modelo de apertura y de tolerancia cuando en Europa reinaba el fanatismo, la persecución y el exterminio de la guerra. Luego lo fue cuando en Argentina, Uruguay o Chile los dictadores impusieron el terror y se sintieron dueños de la vida de quienes no comulgaban con sus atropellos. Más de una vez acompañé en Maiquetía encuentros emocionantes de recién salidos de las cárceles chilenas (o de ex ministros detenidos de la isla de Dawson) que al pisar tierra venezolana pudieron abrazarse con sus familiares, que los esperaban en nuestro país.

    Al mismo tiempo, Venezuela ha estado abierta a la libre discusión de ideas. En nuestras universidades aprendimos y enseñamos diversas ideologías y sistemas políticos, sin imponerlos. Nuestros alumnos podían analizarlos, comprenderlos y optar si querían por la que más les gustara. Podían militar en opciones políticas opuestas al sistema, tener costosas becas oficiales para estudios en el exterior y ser docentes y autoridades de las universidades nacionales. Ningún partido de gobierno tenía derecho (ni lo hizo contra derecho) a imponer la exclusiva de su ideología y adoctrinamiento en la universidad. La autonomía universitaria en la formación de los jóvenes y de los educadores es un patrimonio que garantiza la paz nacional y la convivencia. Otra cosa es que en las universidades formemos para la solidaridad y el compromiso social, para la inclusión social y la superación de la pobreza.

    Resulta increíble que a estas alturas las máximas autoridades del país anuncien la selección y formación de maestros para adoctrinar desde la escuela básica, e incluso el preescolar, y modelar niños fanáticos y serviles como aquel cubanito que nos presentaron en televisión recitando la cartilla del régimen totalitario.

    La sociedad entera con los valores nacionales y humanos en el corazón y la Constitución en la mano, tiene que enseñar al poder que sus pretensiones ideológicas tienen límites y que la dignidad y la convivencia solidaria plural no están en venta, ni en liquidación.


    Publicado en el Diario El Nacional, el jueves 23 de noviembre de 2006

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